Durante décadas, la investigación en neurociencia del desarrollo ha demostrado que el lenguaje no emerge de forma aislada ni depende únicamente de “aprender palabras”. Hablar es el resultado de la integración de múltiples sistemas cerebrales que maduran y trabajan de forma coordinada.
La evidencia científica muestra que, antes de que aparezca el lenguaje expresivo, el cerebro debe desarrollar habilidades fundamentales relacionadas con la regulación, la atención, el procesamiento sensorial y auditivo, la comprensión del lenguaje, la intención comunicativa, la imitación, el planeamiento motor del habla, la memoria y las funciones ejecutivas, entre otras.
Comprender estos procesos cambia por completo nuestra manera de intervenir. Dejamos de centrarnos exclusivamente en las palabras que el niño aún no dice para identificar qué habilidades necesitan fortalecerse para que la comunicación pueda emerger.
Puede ocurrir que un niño tenga muchas de estas habilidades relativamente preservadas y, aun así, no desarrolle lenguaje oral o lo haga de forma muy limitada.
Tener estos prerrequisitos no garantiza la aparición del lenguaje oral. Son condiciones que lo favorecen, pero no son suficientes por sí mismas. El desarrollo del lenguaje también depende de la maduración de redes neuronales específicas, de la integridad de los sistemas de planificación y ejecución motora del habla cuando existe una dificultad en este ámbito, de factores genéticos, de la plasticidad cerebral y de la calidad y cantidad de las experiencias comunicativas.
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